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Antes de que se vayan: los jóvenes que graban las voces de sus abuelos para salvar lo que queda del idioma

Sofia Aragón
Antes de que se vayan: los jóvenes que graban las voces de sus abuelos para salvar lo que queda del idioma

Hay palabras que solo existen en la boca de una persona. Términos que nunca llegaron a los libros de texto, expresiones que viajaron de abuelo a nieto durante siglos sin que nadie se molestara en apuntarlas. Y ahora, con la misma naturalidad con la que se graba un vídeo para redes sociales, hay jóvenes españoles que están haciendo algo diferente: sentar a sus mayores delante de una grabadora y preguntarles cómo llaman ellos a la lluvia fina, al primer frío del otoño, o al camino que bordea el río.

Lo que parece una conversación de sobremesa se está convirtiendo, poco a poco, en uno de los proyectos de preservación cultural más vivos y emocionantes que existen hoy en España.

Una lengua dentro de la lengua

El español que se habla en España no es uno solo. Cualquiera que haya cruzado el país de punta a punta lo sabe. No es solo cuestión de acentos: son vocabularios enteros, estructuras gramaticales distintas, formas de nombrar el mundo que cambian de valle en valle, de comarca en comarca. El extremeño, el murciano, el cántabro, el aragonés, el habla de la Sierra Norte de Sevilla... son variantes con identidad propia que la lingüística académica ha tardado mucho en tomarse en serio.

El problema es que muchas de esas variantes están desapareciendo. No de golpe, sino de la manera más silenciosa posible: cuando muere quien las hablaba, y nadie ha pensado en grabarlas.

"Hay palabras que mi abuela usa y que yo nunca había escuchado a nadie más", cuenta Marta, una estudiante de Filología de 24 años que lleva dos años recorriendo los pueblos de la comarca de Las Hurdes, en Cáceres, grabadora en mano. "La primera vez que la escuché decir chaparrón de brizna para referirse a la llovizna, me quedé paralizada. No sabía si era suyo o si era de todos. Y eso me asustó."

Ese susto fue el punto de partida. Marta no es la única.

El móvil como herramienta de rescate

En Aragón, un grupo de universitarios ha puesto en marcha un archivo sonoro colaborativo al que llaman Voces del Pirineo. La idea es simple: cualquiera puede subir una grabación de un familiar mayor hablando en su variante local, con una pequeña ficha que indique el municipio, la edad aproximada del hablante y el tema de la conversación. Lo que empezó como un proyecto de fin de carrera tiene ya más de trescientas grabaciones y sigue creciendo.

En Galicia, el fenómeno tiene otra forma. Aquí no se trata solo de salvar el gallego estándar, sino las variantes hiperlocales que los propios hablantes gallegos muchas veces no reconocen como suyas. Un proyecto llamado A Fala dos Vellos lleva tres años documentando expresiones de zonas rurales del interior que no aparecen ni en los corpus lingüísticos más completos de las universidades gallegas.

Y en Andalucía, donde los dialectos son especialmente ricos y especialmente mal comprendidos fuera de la región, hay iniciativas que van más allá del registro sonoro: algunas graban también el contexto, el gesto, el momento en que se dice la palabra. Porque una expresión no vive sola, vive en una situación.

No es nostalgia: es urgencia

Hay una tentación fácil de caer en el sentimentalismo cuando se habla de estas iniciativas. De convertirlo en un ejercicio de nostalgia, en una postal de lo que fuimos. Pero quienes están detrás de estos proyectos son bastante claros al respecto: esto no va de añoranza. Va de urgencia.

"Un dialecto que desaparece no es solo una pérdida cultural en abstracto", explica Tomás, lingüista de la Universidad de Salamanca que colabora con varios de estos grupos de forma voluntaria. "Es una forma de ver el mundo que se va. Las lenguas y sus variantes no son solo sistemas de comunicación; son maneras de categorizar la realidad, de nombrar cosas para las que otras variantes no tienen palabra. Cuando eso desaparece, perdemos una herramienta de pensamiento."

Pero más allá de la teoría, lo que está ocurriendo en la práctica tiene algo que ningún archivo universitario puede replicar: está construyendo vínculos. Nietos que llevan años sin sentarse a hablar con sus abuelos durante más de diez minutos están pasando tardes enteras grabando historias, preguntando el nombre de las cosas, descubriendo que la persona que tienen delante guarda un mundo entero que nunca les habían contado.

El patrimonio que no cabe en un museo

Lo que hace especialmente valioso este tipo de archivo es que no puede exponerse en una vitrina. Una palabra no se puede colgar en una pared. Un acento no se puede conservar en formol. Solo existe si alguien lo pronuncia, si alguien lo escucha, si alguien lo pasa adelante.

Por eso, muchos de estos proyectos no se conforman con archivar: también difunden. Algunos tienen cuentas en redes sociales donde publican fragmentos de las grabaciones con subtítulos y explicaciones. Otros organizan sesiones en institutos donde los propios abuelos vienen a hablar con los alumnos. Hay quien ha creado pequeños podcasts locales que se escuchan en los bares del pueblo.

La tecnología, que tantas veces se señala como culpable de la homogeneización cultural, aquí funciona al revés: es el puente que permite que una voz grabada en una aldea de Teruel llegue a un estudiante de lingüística en Berlín, o que un emigrante español en Buenos Aires escuche a su abuela hablar como cuando era niño.

Grabar antes de que sea tarde

Hay algo que todos estos jóvenes repiten cuando hablan de sus proyectos: el tiempo. La conciencia de que hay una ventana que se está cerrando. Que los hablantes de estas variantes tienen ochenta, noventa años. Que cada invierno se lleva algo.

"No es que tengamos prisa por grabar", dice Marta. "Es que tenemos miedo de no llegar a tiempo."

Y en ese miedo hay también una forma de amor. Una decisión de que ciertas voces no merecen apagarse sin dejar rastro. De que el idioma de los abuelos merece el mismo respeto que cualquier otra forma de patrimonio. De que escuchar, de verdad, también es un acto cultural.

Quizás la lección más grande de todo esto no sea lingüística. Quizás sea simplemente esta: que hay cosas que solo existen si alguien se sienta, enciende la grabadora, y dice cuéntame.

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