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Gastronomía y Cultura

La tertulia como trinchera: por qué sentarse a hablar en la terraza se ha vuelto un gesto de rebeldía

Sofia Aragón
La tertulia como trinchera: por qué sentarse a hablar en la terraza se ha vuelto un gesto de rebeldía

Hace no tanto tiempo, la imagen de un grupo de personas alrededor de una mesa, con un café o una caña en la mano y la conversación encendida, era simplemente lo normal. Algo tan cotidiano que ni siquiera tenía nombre propio. Hoy, en cambio, ese mismo gesto empieza a parecerse a un acto de resistencia. Casi político. Casi urgente.

España lleva décadas siendo famosa por su cultura de la calle: por las noches largas, por los bares que no cierran, por esa capacidad casi genética de convertir cualquier esquina en un espacio de encuentro. Pero algo ha cambiado. O mejor dicho, algo estaba a punto de perderse. Y hay gente que no está dispuesta a dejarlo ir.

El bar como espacio público que nadie ha sabido sustituir

Los sociólogos llevan años advirtiendo de que las democracias necesitan espacios de conversación informal para mantenerse sanas. Lugares donde el carnicero hable con el arquitecto, donde la jubilada discuta con el estudiante, donde las ideas circulen sin jerarquías ni moderadores. En España, ese espacio siempre ha tenido nombre propio: el bar.

No el bar de moda con carta de cócteles y música ambiente diseñada para que no hables demasiado alto. El bar de toda la vida. El de la barra manchada, el televisor con el partido y el camarero que ya sabe lo que vas a pedir. Ese.

Y las terrazas, especialmente en primavera y verano, han sido durante generaciones la extensión natural de ese espacio. Un lugar donde la conversación fluye con una libertad que los salones de casa rara vez permiten. Donde se puede discrepar sin romper nada. Donde el vecino sigue siendo vecino aunque vote diferente.

Cuando hablar se convierte en un acto consciente

Lo curioso es que lo que antes era instintivo ahora requiere una decisión. Varios grupos de amigos en ciudades como Sevilla, Zaragoza, Valencia o Bilbao han empezado a organizar lo que ellos mismos llaman "tertulias de barrio": quedadas periódicas, sin agenda fija, donde la única norma es dejar el móvil en el bolsillo durante al menos la primera hora.

No hay aplicación que las gestione. No hay hashtag oficial. Se convocan por mensaje de voz, o incluso de palabra. Y eso, en 2024, ya dice mucho.

"Al principio nos sentíamos un poco raros", cuenta Marta, una diseñadora gráfica de treinta y tantos que participa en una de estas reuniones en un bar del Cabanyal valenciano. "Como si estuviéramos haciendo algo anticuado. Pero luego te das cuenta de que es justo lo contrario: estás haciendo algo que muy poca gente se atreve a hacer."

Esa sensación de rareza es reveladora. Hablar, escuchar, debatir sin grabar ni publicar... se ha vuelto casi contracultural.

La política que no sale en los telediarios

Lo que se habla en estas mesas no suele llegar a ningún titular. Y quizás por eso importa tanto. Se habla del precio del alquiler y de si el nuevo parque del barrio tiene sentido. De la panadería que cerró y del edificio que van a construir en su lugar. De la vecina mayor que ya no baja las escaleras y de quién debería encargarse de ayudarla.

Esa es la política real. La que no tiene escaño ni portavoz. La que se construye en horizontal, entre iguales, con la guardia bajada y un vino tinto de por medio.

Algunos académicos están empezando a estudiar estos fenómenos como formas emergentes de participación ciudadana. La profesora Carmen Ibáñez, investigadora en sociología urbana, lo define como "democracia de proximidad": la capacidad de los vecinos de generar consensos y vínculos sin necesidad de estructuras formales. "España tiene una ventaja enorme respecto a otros países del norte de Europa", explica, "y es que la cultura del encuentro físico sigue siendo muy fuerte. El reto es no darla por garantizada."

El silencio que se estaba colando

Porque el riesgo existe. Las pantallas han ido ocupando los huecos de silencio que antes llenaba la conversación. En muchas mesas de bar, hoy conviven personas que están físicamente juntas pero mentalmente en otro sitio. El móvil sobre la mesa como un invitado más, siempre listo para interrumpir.

Y no es un juicio moral: es simplemente una constatación. Las redes sociales están diseñadas para capturar la atención, y lo hacen muy bien. El problema es lo que se pierde mientras tanto: la mirada, el matiz, la pausa, el desacuerdo que no se convierte en bronca porque hay confianza y contexto.

La tertulia en vivo, en cambio, obliga a estar presente. A gestionar la incomodidad de un silencio. A escuchar aunque no estés del todo de acuerdo. Habilidades que, como los músculos, se atrofian si no se usan.

Bares que están tomando partido

Algunos establecimientos han decidido empujar en esta dirección. En Madrid, varios bares del barrio de Lavapiés y de Malasaña han recuperado la figura del "día sin wifi": una jornada a la semana en la que la red no está disponible y donde, curiosamente, la afluencia de clientes no ha bajado. Al contrario.

En Málaga, un bar del centro histórico organiza tertulias temáticas mensuales sobre cine, literatura o historia local. Sin micrófono, sin moderador profesional, sin inscripción previa. Solo sillas, mesa y ganas de hablar. Las listas de espera para participar llevan meses creciendo.

"La gente tiene hambre de esto", dice Paco, el dueño del local. "No de debates de televisión donde nadie escucha a nadie. De conversación de verdad, con personas reales, en un sitio donde puedes pedir otra ronda si la cosa se pone interesante."

Lo que se construye cuando se habla

Hay algo que las tertulias generan y que no tiene traducción digital: la sensación de pertenecer a un lugar. De que ese barrio, esa plaza, ese bar concreto son también tuyos porque has dejado algo de ti ahí. Una opinión, una carcajada, un momento de sinceridad inesperada.

Eso es lo que está en juego cuando hablamos de recuperar la conversación en las terrazas. No es nostalgia ni romanticismo barato. Es la pregunta de qué tipo de comunidades queremos ser y qué estamos dispuestos a hacer para serlo.

España tiene los ingredientes. El clima, la cultura, la infraestructura de bares por habitante más densa del mundo, y una tradición de debate callejero que viene de muy atrás. Solo hace falta recordar que todo eso no funciona solo. Que hay que sentarse, pedir algo, y empezar a hablar.

Y quizás, esta vez, dejar el móvil en el bolsillo.

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