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Gastronomía y Cultura

Cuerdas y vientos que vuelven: la generación que redescubre los sonidos de sus abuelos

Sofia Aragón
Cuerdas y vientos que vuelven: la generación que redescubre los sonidos de sus abuelos

En un local de ensayo de Salamanca, una chica de veintitrés años afina una vihuela de mano que heredó de su bisabuelo. No tiene intención de tocarla en un museo ni de convertirla en una pieza decorativa. La quiere en un escenario, mezclada con sintetizadores y bajos eléctricos. Su nombre es Lucía, y forma parte de algo que está pasando en toda España sin demasiado ruido, pero con una energía que no para de crecer.

La música tradicional española siempre ha estado ahí, claro. Pero durante décadas vivió arrinconada entre la nostalgia y el folclore institucional, ese que se enseñaba en colegios como curiosidad histórica y que aparecía en festivales locales más por protocolo que por pasión. Lo que está ocurriendo ahora es diferente. Es personal. Es urgente. Y viene de abajo.

El instrumento como búsqueda de identidad

No es casualidad que este fenómeno coincida con un momento en el que muchos jóvenes se sienten saturados de un mundo musical que suena igual en Madrid que en Tokio o en São Paulo. El streaming ha democratizado el acceso a la música, sí, pero también ha creado una especie de nivelación sonora que deja poco espacio para lo específico, para lo que solo puede nacer en un lugar concreto.

Frente a eso, instrumentos como la gaita gallega, el tamboril extremeño, el laúd manchego o la zanfona asturiana ofrecen algo que ningún plugin de ordenador puede replicar: una memoria acústica que lleva siglos acumulada. Tocarlos es, en cierto modo, conectar con algo que va mucho más allá de uno mismo.

"Cuando empecé a aprender la dulzaina, no lo hice porque fuera moderno ni porque me lo pidiera nadie", cuenta Marcos, un músico valenciano de veintiséis años que combina este instrumento de viento con producción electrónica. "Lo hice porque sentí que había algo en ese sonido que era mío, aunque nunca lo hubiera escuchado en casa. Como si lo llevara en algún sitio que no sabía que existía."

Fusión sin traición

Uno de los debates más interesantes que rodea a este movimiento es el de la autenticidad. ¿Se puede mezclar una gaita con una caja de ritmos sin traicionar la esencia del instrumento? ¿Tiene sentido tocar una vihuela renacentista sobre una base de ambient?

La respuesta que da esta nueva generación es contundente: sí, y de hecho eso es exactamente lo que siempre ha hecho la música. La tradición no es un objeto de cristal que se rompe si lo tocas. Es un material vivo que cambia de forma según quién lo agarra.

Ejemplos no faltan. El dúo madrileño Tierra Adentro lleva tres años fusionando el laúd árabe-andaluz con samples de campo grabados en pueblos de Castilla. Su último trabajo, presentado en una sala pequeña del Lavapiés, llenó el aforo tres noches seguidas sin apenas publicidad. En Galicia, el colectivo Raíz Viva experimenta con la gaita en formatos que van del jazz al drone, y sus directos se han convertido en una especie de rito colectivo donde el público no sabe muy bien qué esperar pero sabe que algo importante va a pasar.

En el País Vasco, varios músicos jóvenes han retomado el txistu no como símbolo folclórico sino como herramienta de expresión contemporánea, integrándolo en proyectos que dialogan abiertamente con la música experimental europea. Y en Andalucía, donde el flamenco siempre ha sabido reinventarse, hay una corriente que recupera instrumentos anteriores al flamenco canónico —la vihuela, el laúd, la guitarra morisca— para explorar sonoridades que se perdieron en algún momento de la historia.

El papel de internet en la recuperación

Sería injusto no reconocer que las mismas plataformas digitales que han uniformizado el gusto musical también han sido clave para que este movimiento se extienda. YouTube está lleno de tutoriales de instrumentos tradicionales que hace diez años eran casi imposibles de encontrar. Hay canales dedicados exclusivamente a la música medieval española, a la jota aragonesa, al fandango huelveño, a las tonadas asturianas.

Las redes sociales, además, han creado comunidades que antes no existían o que vivían dispersas. Un chaval de Teruel que quiere aprender a tocar la bandurria puede encontrar hoy a otros como él en Murcia, en Burgos o en Buenos Aires. Esa conexión entre pares, sin intermediarios institucionales, ha acelerado de forma notable la transmisión de conocimiento y ha dado a estos instrumentos una visibilidad que los festivales oficiales nunca lograron darles del todo.

También han ayudado iniciativas como los talleres de instrumentos tradicionales que han proliferado en escuelas de música alternativas, o los proyectos de recuperación oral que universidades como la de Oviedo, la Complutense o la de Sevilla llevan años impulsando. El trabajo de archivo y documentación que durante décadas hicieron investigadores y etnomusicólogos casi en soledad está llegando ahora a manos de gente que quiere usarlo, no solo conservarlo.

Más que nostalgia: una declaración de intenciones

Lo que distingue a esta generación de movimientos anteriores de recuperación del folclore es la actitud. No hay melancolía en lo que hacen. No hay un deseo de volver a un pasado idealizado. Hay curiosidad, hay apropiación activa, hay una voluntad de hacer que esos sonidos antiguos digan cosas nuevas.

"A mí no me interesa la música de mis abuelos porque sea de mis abuelos", dice Lucía, la chica de Salamanca con la vihuela. "Me interesa porque cuando la toco entiendo algo de mí misma que no sabía explicar de otra manera. Eso no tiene que ver con el pasado. Tiene que ver con ahora."

Esa frase resume bastante bien lo que está pasando. La música tradicional española no está siendo rescatada como reliquia. Está siendo reclamada como lenguaje. Y eso, en un momento en que tanta gente busca algo genuino a lo que aferrarse, es mucho más que una tendencia cultural. Es casi un acto político.

España tiene una riqueza musical regional que todavía está lejos de ser completamente conocida, incluso por los propios españoles. Y hay una generación entera dispuesta a explorarla, a romperla si hace falta, y a construir con sus pedazos algo completamente nuevo. Eso no suena a pasado. Suena, literalmente, a futuro.

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