El suelo que nos recuerda quiénes somos: las escuelas que mantienen vivos los bailes de siempre
Hay un momento en los ensayos del grupo de jotas de Épila, en Zaragoza, que Carmen Gracia describe siempre igual: cuando los niños dejan de mirar sus pies y empiezan a mirar hacia arriba. «Es cuando pasa algo», dice. «Cuando ya no están aprendiendo un paso, sino sintiendo una cosa que no saben explicar todavía». Carmen lleva más de veinte años al frente de esa pequeña academia que funciona en el bajo de un edificio de los años setenta, con el suelo de parqué gastado y un espejo que refleja generaciones enteras de bailarines que por allí han pasado.
Esta historia se repite, con variaciones, en cientos de pueblos y ciudades medianas de España. Desde las muñeiras gallegas hasta los boleros mallorquines, desde el fandango extremeño hasta el tarantín asturiano, hay personas —muchas de ellas sin más infraestructura que la voluntad— que han decidido que esos ritmos no van a morir mientras ellas puedan evitarlo.
Más que pasos: lo que se transmite cuando se baila
Sería fácil reducir todo esto a una cuestión de nostalgia. A la idea romántica de que los pueblos se aferran a lo de antes porque no saben mirar hacia adelante. Pero quien ha pasado aunque sea una tarde en una de estas escuelas sabe que eso no tiene nada que ver con la realidad.
Lo que se transmite en una clase de danza folclórica no es solo una coreografía. Es una forma de estar en el espacio, de relacionarse con el cuerpo, de entender el ritmo como algo colectivo. «Aquí nadie baila solo para lucirse», explica Mikel Zubiaurre, profesor de danzas vascas en Azpeitia, Gipuzkoa. «El aurresku, el fandango, la ezpata-dantza... todo está pensado para hacerse con otros. Eso te cambia la manera de relacionarte».
Y luego está la lengua del gesto. Cada región tiene la suya. Los brazos que se elevan de una manera específica en Aragón no son los mismos que los de Andalucía. La postura de la espalda en el bolero balear no es la de la muñeira. Aprender a bailar el folclore de un lugar es, en cierto modo, aprender a leer ese lugar.
Guardianas de lo que nadie grabó a tiempo
Uno de los mayores problemas a los que se enfrentan estas escuelas es la documentación. Muchos de los bailes que intentan preservar no tienen una partitura clara, ni un manual de instrucciones. Llegaron de generación en generación de forma oral y corporal, y en muchos casos los últimos depositarios de esa memoria son personas mayores que no siempre están en condiciones de enseñar activamente.
Por eso, en algunos casos, las escuelas se han convertido también en archivos vivos. En el municipio de Cangas del Narcea, en Asturias, la asociación cultural que gestiona los talleres de danza tradicional lleva años grabando en vídeo las sesiones con los mayores del pueblo, documentando variantes locales de bailes que no aparecen en ningún libro. «Hay pasos que solo existen aquí», cuenta Lola Menéndez, una de las impulsoras del proyecto. «Si no los grabamos nosotros, desaparecen. Así de simple».
Esta labor de archivo informal, casi artesanal, está siendo cada vez más reconocida. Algunas comunidades autónomas han empezado a apoyar estas iniciativas con pequeñas subvenciones o cediendo espacios municipales. No es suficiente, claro. Pero es un comienzo.
El reto de los tiempos modernos: competir con la pantalla
Preguntar a los profesores de estas escuelas cuál es su mayor desafío produce siempre respuestas similares: enganchar a los jóvenes en un mundo donde el entretenimiento llega sin esfuerzo y en formato de treinta segundos.
«Antes los niños venían porque era lo que había», recuerda Antonio Vargas, que enseña sevillanas y flamenco en un pueblo de la sierra de Huelva. «Ahora tienes que convencerlos de que apagar el móvil durante una hora vale la pena». Y sin embargo, Antonio tiene lista de espera. Algo está pasando.
Lo que está pasando, según varios de estos maestros, es que hay una generación joven que empieza a cansarse de consumir cultura sin participar en ella. Que busca algo que hacer con el cuerpo, algo que tenga raíces, algo que conecte con una comunidad real. Y el baile folclórico, con toda su aparente antigüedad, responde exactamente a eso.
No es casual que en muchas de estas escuelas el perfil del alumnado se haya diversificado en los últimos años. Ya no son solo niños que vienen arrastrados por sus abuelas. Hay adolescentes que llegaron por curiosidad y se quedaron. Hay adultos jóvenes que volvieron al pueblo y encontraron en el baile una forma de pertenecer. Hay incluso personas de otras regiones o países que quieren entender el lugar donde viven a través de sus tradiciones.
Encuentro entre generaciones: lo que el baile hace que las palabras no pueden
Quizá lo más sorprendente de estas escuelas es lo que ocurre cuando se juntan en la pista bailarines de distintas edades. Hay algo en el baile compartido que rompe barreras que la conversación a veces no puede cruzar.
En Morella, en el interior de Castellón, los ensayos para la danza de les danses de la Fira mezclan cada año a chicos de quince años con vecinos de setenta. «Fuera de aquí casi no se hablan», admite con honestidad la coordinadora del grupo, Pilar Escrig. «Pero aquí se dan la mano, se corrigen, se ríen juntos. El baile hace lo que no hacemos solos».
Eso, que suena a frase hecha, tiene consecuencias reales en la vida de esas comunidades. Los grupos de danza folclórica funcionan muchas veces como tejido social, como excusa para que la gente se junte más allá de las redes sociales y los grupos de WhatsApp. Son, en definitiva, espacios de vida colectiva en un tiempo que tiende a privatizarlo todo.
Lo que no se puede descargar
Hay una cosa que estas escuelas ofrecen y que ninguna plataforma digital puede replicar: la experiencia de aprender algo difícil junto a otras personas, en un lugar concreto, con un cuerpo que suda y se equivoca y vuelve a intentarlo.
El folclore, en ese sentido, no es una reliquia. Es una tecnología social muy antigua que resulta que sigue funcionando. Y las escuelas que lo enseñan no son museos: son laboratorios donde se practica, cada semana, el arte de seguir siendo algo juntos.
Carmen Gracia, la profesora de Épila, lo resume con la sencillez de quien lleva décadas pensando en esto sin necesitar palabras complicadas: «Yo no enseño jota. Enseño a mis alumnos que hay cosas que merecen la pena aunque no sean fáciles. La jota es solo el pretexto».
Y mientras haya quien piense así, y quien esté dispuesto a poner los pies en ese suelo gastado y aprender a mirar hacia arriba, algo esencial de España seguirá latiendo.