Sofia Aragón All articles
Gastronomía y Cultura

Los herederos que nadie esperaba: jóvenes que rescatan las fiestas de pueblo que sus padres dejaron morir

Sofia Aragón
Los herederos que nadie esperaba: jóvenes que rescatan las fiestas de pueblo que sus padres dejaron morir

Hay algo paradójico en lo que está pasando en muchos pueblos de España. Durante décadas, una parte de la sociedad rural miró sus propias tradiciones con cierta vergüenza, como si celebrar lo de siempre fuera sinónimo de no avanzar. Emigraron a las ciudades, dejaron atrás los trajes bordados y los rituales de siempre, y no miraron demasiado hacia atrás. Pero ahora, sus hijos —y en muchos casos sus nietos— están haciendo exactamente lo contrario: volviendo, recuperando, reconstruyendo.

No es nostalgia vacía. Es algo más urgente, más consciente. Y está pasando en sitios que muchos ya habían dado por perdidos.

Una herencia que casi nadie quiso recoger

En Almonaster la Real, un pequeño municipio de Huelva con poco más de mil habitantes, la fiesta de las Cruces de Mayo estuvo a punto de desaparecer hace unos años. Los mayores que la organizaban de toda la vida ya no podían con el esfuerzo, y los jóvenes del pueblo —los pocos que quedaban— no mostraban demasiado interés. Fue un grupo de veinteañeros que había marchado a Sevilla a estudiar el que decidió volver cada primavera para tirar del carro.

"Nos daba rabia que algo tan nuestro se perdiera por falta de relevo", cuenta Marta, una de las impulsoras del grupo. "No lo hacemos porque seamos unos nostálgicos raros. Lo hacemos porque entendemos que si esto desaparece, desaparece una parte de lo que somos".

Esta actitud se repite, con distintos matices y formas, en muchos rincones de la geografía española. Desde los carnavales de Laza en Galicia hasta las fiestas de moros y cristianos en algunas localidades de la Comunitat Valenciana, pasando por los ritos de invierno en Castilla o las danzas rituales de Aragón: hay una generación que está eligiendo quedarse —o volver— para que estas celebraciones no se conviertan en piezas de museo.

Las barreras son reales, no solo simbólicas

Querer no siempre es poder. Los jóvenes que se embarcan en esta tarea se encuentran con obstáculos concretos que van mucho más allá del desinterés ajeno.

El dinero es uno de los grandes problemas. Las subvenciones municipales son escasas y los ayuntamientos pequeños tienen presupuestos que no dan para grandes alegrías. Organizar una fiesta tradicional —con sus trajes, su música en directo, su logística— puede costar mucho más de lo que parece desde fuera. Muchos grupos juveniles recurren al crowdfunding, a la venta de merchandising local o directamente a sus propios bolsillos para sacar adelante lo que las instituciones no terminan de apoyar.

Luego está el problema demográfico. En pueblos donde quedan cuatro familias, es difícil reunir el número mínimo de personas para que una fiesta tenga sentido. Algunos grupos han optado por abrir la celebración a visitantes de fuera, lo que genera sus propias tensiones: ¿cómo hacer que algo tan íntimo y local no se convierta en un espectáculo para turistas?

"Es el equilibrio más difícil", admite Raúl, organizador de una fiesta de quintos recuperada en un pueblo de Soria. "Necesitamos gente, pero no queremos que nos venga a ver como si fuéramos un parque temático. Queremos que participen de verdad, que entiendan lo que significa".

Adaptar sin traicionar

Una de las discusiones más interesantes que se da en estos colectivos es hasta dónde se puede tocar una tradición sin que deje de ser lo que era. ¿Se puede introducir música moderna en una procesión? ¿Pueden participar personas de fuera de la comunidad en rituales que siempre fueron exclusivos? ¿Tiene sentido mantener elementos que hoy resultan incómodos o excluyentes?

No hay una respuesta única, y eso es parte de lo que hace que estas conversaciones sean tan ricas. Algunos grupos apuestan por la máxima fidelidad al rito original, entendiendo que cualquier modificación diluye el significado. Otros, en cambio, ven la adaptación como una condición de supervivencia.

En un pueblo de la sierra de Cádiz, un grupo de jóvenes recuperó hace tres años una fiesta de verano que llevaba más de dos décadas sin celebrarse. Mantuvieron la estructura original —el recorrido, la música tradicional, los platos de siempre— pero incorporaron un espacio de taller abierto donde cualquier visitante puede aprender los pasos del baile o el origen del ritual. "No lo cambiamos", explica Ana, una de las organizadoras. "Lo abrimos. Que la gente entienda por qué hacemos lo que hacemos".

El efecto inesperado: el orgullo que vuelve

Algo curioso ocurre cuando una fiesta que parecía muerta vuelve a celebrarse. No solo regresa la fiesta en sí: regresa algo más difícil de nombrar. Los mayores del pueblo, los que guardaban los trajes en cajas y los que pensaban que nadie querría volver a escuchar esas canciones, de repente sacan de los cajones lo que tenían guardado. Cuentan historias que llevaban años sin contar. Enseñan pasos que nadie les había pedido que enseñaran.

"Mi abuela lloró el primer año que volvimos a hacer la fiesta", cuenta Marta. "Decía que ya no pensaba que lo volvería a ver. Eso lo vale todo".

Este efecto de recuperación no es solo emocional. Tiene consecuencias prácticas en la vida de los pueblos. Algunas localidades que han conseguido revitalizar sus celebraciones tradicionales han visto cómo aumenta el número de visitantes, cómo se genera un pequeño tejido económico alrededor de la fiesta y, sobre todo, cómo algunos jóvenes que se habían marchado empiezan a plantearse volver, aunque sea de forma parcial.

Más que una fiesta: una declaración de intenciones

Lo que están haciendo estos jóvenes no es simplemente organizar un evento anual. Es una forma de decir que la modernidad y el arraigo no son incompatibles, que se puede vivir en el siglo XXI y seguir sintiendo que perteneces a un lugar, a una historia, a una forma de entender el mundo.

En un momento en que la globalización tiende a homogeneizar todo, mantener viva una fiesta de pueblo —con sus peculiaridades, sus contradicciones y su historia— es casi un acto político. No en el sentido partidista, sino en el sentido más profundo: el de decidir qué quieres que sobreviva y qué estás dispuesto a hacer para que así sea.

España tiene cientos de estas celebraciones en riesgo. Y tiene, también, una generación que está demostrando que el olvido no es inevitable si alguien decide, simplemente, no olvidar.

All Articles

Related Articles

Las paredes que hablan: cómo los murales colectivos están escribiendo la historia viva de los barrios españoles

Las paredes que hablan: cómo los murales colectivos están escribiendo la historia viva de los barrios españoles

Voces que se niegan a callar: el renacimiento inesperado de los coros de pueblo en España

Voces que se niegan a callar: el renacimiento inesperado de los coros de pueblo en España

Ni nostalgia ni espectáculo: las ferias españolas que se reinventan desde adentro

Ni nostalgia ni espectáculo: las ferias españolas que se reinventan desde adentro