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Embajadores sin bandera: los españoles que han conquistado el mundo sin olvidar de dónde vienen

Sofia Aragón
Embajadores sin bandera: los españoles que han conquistado el mundo sin olvidar de dónde vienen

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Cuando Alejandro Torres llegó a San Francisco con una maleta, un máster bajo el brazo y 800 dólares en la cuenta, no hablaba inglés con fluidez y no conocía a nadie en la ciudad. Hoy dirige el equipo de producto de una startup tecnológica valorada en 300 millones de dólares. En su despacho hay una foto de la Sagrada Família y un imán de nevera de Sevilla, la ciudad donde nació.

«Nunca he dejado de ser español. Eso no es algo que elijas o que pierdas. Es parte de cómo pienso, de cómo me relaciono, de cómo entiendo el trabajo en equipo», dice desde el otro lado de una videollamada, con la bahía de San Francisco como fondo.

Alejandro es uno de los miles de españoles que en las últimas dos décadas han cruzado fronteras no por huir de algo, sino por ir hacia algo. Y sus historias, muy distintas entre sí, tienen un hilo en común: la identidad española no es una mochila que se deja en el aeropuerto. Es algo que se lleva puesto, que transforma el entorno y que, con el tiempo, se convierte en una ventaja inesperada.

El acento que abre puertas

En Nueva York, los musicales de Broadway son una industria despiadada. Miles de actores compiten por un puñado de papeles en un circuito donde el talento no siempre es suficiente. Y aun así, Claudia Ramos, sevillana de 34 años, lleva cuatro temporadas participando en producciones del circuito off-Broadway y acaba de firmar para su primer papel en un gran musical.

«Al principio pensé que mi acento era un obstáculo. Luego me di cuenta de que era lo que me diferenciaba», explica. «En esta industria, todo el mundo quiere ser único. Y yo lo era sin esfuerzo. Eso tiene un valor enorme».

Claudia recuerda las primeras audiciones con una mezcla de humor y ternura. «Me preguntaban de dónde era y cuando decía España, sus ojos cambiaban. Había curiosidad, interés. Empezaban a hacerme preguntas sobre flamenco, sobre Almodóvar, sobre la vida en Madrid. Y de repente, la audición se convertía en una conversación».

Hoy da clases de canto a jóvenes inmigrantes en un barrio de Brooklyn y ha creado un pequeño colectivo de artistas hispanohablantes que trabajan para visibilizar la cultura española y latinoamericana en los escenarios de la ciudad.

Emprender con mentalidad mediterránea

En el mundo del emprendimiento tecnológico, la velocidad lo es todo. Las decisiones se toman en minutos, los pivotes estratégicos ocurren de un día para otro y la cultura del trabajo puede ser agotadora. En ese contexto, muchos españoles han descubierto que su forma de relacionarse —más cálida, más orientada a la confianza personal— es, paradójicamente, una fortaleza.

«En Silicon Valley todo va muy rápido, pero los mejores negocios siguen construyéndose sobre relaciones de confianza. Y eso los españoles lo entendemos de forma natural», dice Marta Iglesias, emprendedora gallega que fundó una plataforma de educación financiera en San José y que en tres años ha conseguido más de dos millones de usuarios en Estados Unidos y México.

Marta habla de la cultura del «no» que tuvo que aprender a gestionar. «En España, cuando alguien dice que no, generalmente es que no. Aquí hay mucho 'let's circle back' que en realidad también significa que no, pero de otra manera. Tardé un tiempo en decodificar eso». Se ríe. «Pero también aprendí que aquí se valora mucho la directness, la claridad. Y eso también lo tenemos nosotros cuando queremos».

La cocina como embajada cultural

No todos los españoles que triunfan fuera lo hacen en tecnología o en el mundo del espectáculo. Algunos han convertido la gastronomía en su carta de presentación al mundo.

José Palomares, chef manchego de 42 años, lleva doce en Tokio. Lo que empezó como una aventura de seis meses se convirtió en su vida. Hoy tiene dos restaurantes en la capital japonesa donde sirve una cocina española con influencias locales que ha conquistado tanto a los japoneses como a la comunidad expatriada.

«Los japoneses tienen un respeto enorme por la tradición culinaria. Cuando les explicaba la historia detrás de cada plato —de dónde viene el ingrediente, cómo se prepara en mi pueblo, qué significa para mi familia— conectaban de una manera increíble», cuenta. «La comida fue mi idioma antes de que aprendiera japonés».

José organiza cada mes una cena especial donde invita a cocineros japoneses a cocinar junto a él. «Es un intercambio. Yo les enseño a hacer croquetas o un buen all-i-oli y ellos me enseñan técnicas de corte o fermentación que luego aplico en mi cocina. Eso es lo que más me gusta de vivir fuera: el mestizaje».

¿Qué significa ser español lejos de España?

Esta es, quizás, la pregunta más interesante que emerge de todas estas historias. ¿Qué queda de la identidad nacional cuando se vive en otro continente, cuando los amigos son de veinte países diferentes, cuando los hijos ya no tienen acento?

Las respuestas son tan variadas como las personas. Para algunos, es la comida: el ritual de buscar el aceite de oliva español en el supermercado, de hacer paella los domingos, de llamar a casa para que les cuenten qué están viendo en la tele.

Para otros, es algo más abstracto. Una manera de estar en el mundo. La facilidad para socializar, para adaptarse, para encontrar la parte festiva de cualquier situación. «Los españoles somos muy buenos en la adversidad porque hemos tenido mucha práctica», dice Alejandro Torres con una sonrisa.

Y para muchos, la identidad española se hace más fuerte cuanto más lejos están de casa. «Nunca había pensado tanto en qué significa ser español hasta que me fui», reconoce Claudia desde Nueva York. «Fuera te conviertes en representante de algo aunque no quieras. Y eso te obliga a entender mejor quién eres».

El puente que nunca se rompe

Lo que une a todos estos españoles dispersos por el mundo no es la nostalgia, aunque a veces aparezca. Es algo más activo: la voluntad de mantener un vínculo vivo con sus raíces mientras construyen algo nuevo en otro lugar.

Llaman a sus madres, ven el fútbol a horas imposibles, organizan tapas parties para explicarle a sus amigos extranjeros qué es un vermú o por qué en España se cena tan tarde. Son, en cierta forma, embajadores informales de una cultura que no necesita pasaporte para cruzar fronteras.

Y desde aquí, desde Sofia Aragón, nos gusta pensar que esas historias también nos pertenecen. Que la España que viaja es tan nuestra como la que se queda. Y que en cada rincón del mundo donde hay un español que triunfa, hay un poco de todo lo que somos.

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