Sofia Aragón All articles
Gastronomía y Cultura

El sabor que no queremos olvidar: cómo los jóvenes rescatan las recetas de sus abuelas antes de que sea tarde

Sofia Aragón
El sabor que no queremos olvidar: cómo los jóvenes rescatan las recetas de sus abuelas antes de que sea tarde

Photo by Photo by Vitaly Gariev on Unsplash on Unsplash

Hay una cocina en Jaén que huele a aceite de oliva caliente y a pimentón ahumado desde las siete de la mañana. Allí, Remedios Molina, 81 años, lleva décadas preparando un potaje de garbanzos que ningún restaurante de la zona ha conseguido igualar. El problema es que hasta hace dos años, nadie en su familia había pensado en apuntarlo.

"Mi nieta me puso delante de una cámara y me dijo: 'Abuela, cuéntame cómo lo haces'. Yo me reí, porque pensé que era una tontería. Pero luego vi que había miles de personas viéndome cocinar y me puse a llorar", recuerda Remedios con una mezcla de asombro y orgullo.

Lo que le pasó a ella no es un caso aislado. Por toda España, una generación de veinteañeros y treintañeros ha tomado conciencia de algo urgente: las recetas que sus abuelas llevan toda la vida cocinando no están escritas en ningún sitio. Viven en sus manos, en su olfato, en esa medida imprecisa que se llama «un puñado» o «hasta que quede bien».

La despensa de la memoria

La cocina española es, ante todo, una cocina de territorios. El gazpacho andaluz no se parece al manchego. El cocido madrileño tiene poco que ver con el marmitako vasco. La escudella catalana, la caldereta extremeña, el pote gallego... Cada receta es, en realidad, un documento histórico que habla de clima, de geografía, de pobreza o abundancia, de migraciones y de siglos de intercambio cultural.

Pero ese patrimonio no está en museos. Está en las cocinas de mujeres mayores que aprendieron a cocinar sin libros, de forma oral y práctica, como lo hicieron sus madres antes que ellas.

Marta Sánchez, investigadora gastronómica de la Universidad de Salamanca, lo explica con claridad: «Estamos ante una ventana que se está cerrando. En los próximos diez o quince años vamos a perder a una generación entera de portadoras de conocimiento culinario. Si no lo documentamos ahora, desaparece para siempre».

Del cuaderno a TikTok

La paradoja es que la misma tecnología que ha homogeneizado tanto la alimentación —el fast food, los ultraprocesados, las cadenas globales— está siendo ahora la herramienta para salvar lo que queda. Y los protagonistas de este rescate son precisamente los más jóvenes.

Cuentas como @abuelasquecocina o @recetasdelaabuela acumulan millones de seguidores en Instagram y TikTok. Los vídeos tienen un formato sencillo: la abuela cocina, el nieto graba y hace preguntas. Sin montajes elaborados, sin música de fondo estridente, sin efectos especiales. Solo manos expertas, ingredientes de temporada y conversación.

Carlos Vega, 28 años, empezó a grabar a su abuela materna durante el confinamiento de 2020. «Estábamos encerrados en casa y pensé: llevo años comiendo su comida y no sé hacer nada de lo que ella hace. Me senté con ella en la cocina y empecé desde cero». Hoy tiene más de 400.000 seguidores y ha publicado un libro con 60 recetas de su abuela Carmen, natural de Cuenca.

Lo que empezó como un proyecto familiar se ha convertido en un fenómeno editorial. Varias editoriales españolas han apostado por este formato: libros de recetas familiares con fotografías íntimas, historias personales y ese lenguaje impreciso pero real de las cocinas de siempre. «Un chorro de aceite», «sal al gusto», «cuando la carne empiece a despegarse del hueso».

Lo que se pierde cuando se pierde una receta

Pero más allá del romanticismo, hay algo más profundo en juego. Perder una receta no es solo perder un plato. Es perder una forma de entender el tiempo, la economía doméstica, la relación con la naturaleza y con las estaciones.

Las cocinas de las abuelas eran cocinas de aprovechamiento. Nada se tiraba. El pan duro se convertía en migas, en gazpacho, en sopa de ajo. Los huesos servían para el caldo. Las verduras marchitas iban al guiso. Era una filosofía de vida que hoy llamaríamos sostenibilidad y que ellas practicaban por necesidad y por sentido común.

Pilar Gómez, cocinera tradicional de 74 años en un pueblo de Murcia, lo resume sin adornos: «Nosotras no desperdiciábamos porque no podíamos. Ahora os hablan de cocina de kilómetro cero y eso es lo que hemos hecho toda la vida, porque no había otra».

El reto de transmitir sin perder la esencia

Uno de los grandes desafíos de este proceso de rescate es la traducción. Convertir las instrucciones intuitivas de una cocinera experimentada en pasos replicables para alguien que nunca ha encendido un fuego de leña no es sencillo.

Muchos jóvenes que participan en estos proyectos hablan de la frustración inicial. «Mi abuela me decía 'lo sabes cuando lo hueles' y yo pensaba: ¿pero cuántos minutos son eso?», cuenta Lucía Fernández, 25 años, que ha pasado los últimos meses documentando las recetas de su abuela asturiana. «Tuve que hacer el mismo plato diez veces hasta entender qué significaba 'a fuego lento' para ella».

Esa brecha entre el saber implícito y el conocimiento explícito es, en realidad, la brecha entre dos formas de aprender. Una generación que aprendió haciendo, viendo y probando. Y otra que necesita instrucciones, medidas y pasos claros.

Una herencia que vale más que el oro

A pesar de las dificultades, el movimiento sigue creciendo. Asociaciones culturales, ayuntamientos y hasta algunas escuelas de hostelería han empezado a incorporar a cocineras tradicionales como referentes. No como curiosidades folclóricas, sino como expertas reales en un patrimonio que merece protección.

Remedios, la abuela de Jaén, sigue cocinando cada domingo. Ahora con la cámara de su nieta apuntándole desde el otro lado de la encimera. Ya no le parece una tontería. «Si sirve para que alguien en otro sitio haga mi potaje y le salga bien, pues me alegro. La comida es para compartirla. Siempre lo ha sido».

Y tiene razón. Porque al final, lo que estas mujeres están preservando no es solo una receta. Es una manera de estar en el mundo, de cuidar, de reunir a la gente alrededor de una mesa. Y eso, en tiempos de prisas y pantallas, sigue siendo revolucionario.

All Articles

Related Articles

Embajadores sin bandera: los españoles que han conquistado el mundo sin olvidar de dónde vienen

Embajadores sin bandera: los españoles que han conquistado el mundo sin olvidar de dónde vienen