Ni nostalgia ni espectáculo: las ferias españolas que se reinventan desde adentro
Hay algo que pasa en agosto —o en junio, o en septiembre, según el pueblo— que no se puede explicar del todo bien si no se ha vivido. El olor a pescaíto frito mezclado con el serrín húmedo del suelo. Las sillas de plástico blanco apiladas a primera hora de la tarde. El momento en que la música empieza y la gente, sin ponerse de acuerdo, empieza a moverse. Las ferias tradicionales españolas tienen eso: una gramática propia que se aprende en la infancia y no se olvida.
Y sin embargo, algo ha cambiado. No de golpe, sino poco a poco, con la discreción con la que cambian las cosas que importan de verdad.
El reto de seguir siendo lo que eres cuando el mundo no para de moverse
En los últimos años, muchas ferias de pueblo y ciudad han tenido que hacerse una pregunta incómoda: ¿para quién celebramos esto? Los jóvenes que crecieron bailando sevillanas en las casetas de sus padres ahora tienen treinta y tantos, trabajan en ciudades distintas a las suyas y regresan cada verano con una mirada diferente. Los adolescentes de hoy han crecido con festivales de música, experiencias curadas y redes sociales que premian lo fotogénico por encima de lo auténtico.
Entre esas dos realidades, las ferias tienen que encontrar su hueco.
"Nosotros nos dimos cuenta de que si seguíamos haciendo exactamente lo mismo de siempre, íbamos a terminar siendo un evento para mayores de sesenta años", cuenta Marisol, una de las organizadoras de la Feria de San Roque en un pequeño municipio de la provincia de Huelva. "Pero tampoco queríamos convertirnos en un festival de verano más, con carteles de DJ y barras de cócteles. Eso ya existe, y lo hace mejor quien lo inventó."
La solución que encontraron fue más sencilla de lo que parece: escuchar. Reuniones con asociaciones juveniles, con los grupos de mayores, con los artistas locales. Preguntar qué echaban de menos, qué sobraba, qué querían ver.
Casos que inspiran: cuando el cambio viene de la propia comunidad
La feria de Almonte, en el Aljarafe sevillano, lleva varios años incorporando talleres de artesanía tradicional en horario de tarde, justo antes de que arranque la música. Cestería, alfarería, bordado en hilo de oro. Lo que sorprendió a los organizadores fue que los más interesados no eran los turistas, sino los propios vecinos jóvenes, muchos de los cuales no habían tenido contacto con esos oficios desde la infancia.
En Murcia, la Feria de Septiembre ha apostado por recuperar las figuras de los mayordomos y las danzas de los grupos folklóricos locales que durante años quedaron relegadas a un acto protocolario un tanto olvidado. Ahora ese momento tiene su propio espacio en el programa, con explicaciones en tiempo real para quienes no conocen el significado de cada gesto. "No es un museo", explica uno de los responsables del área cultural. "Es un idioma que queremos que la gente vuelva a hablar."
Más al norte, en Burgos, la feria patronal ha dado espacio a músicos locales de géneros que no son exactamente lo que uno esperaría: grupos de folk fusión, cantautoras que mezclan copla con indie, bandas que toman el chotis y lo pasan por un filtro contemporáneo. El resultado es extraño al principio, pero funciona. La gente se queda.
Lo que se pierde cuando una feria deja de ser de los suyos
Hay algo que preocupa a quienes llevan años pensando en esto, y es el riesgo de la feria como producto. Cuando una celebración popular empieza a diseñarse pensando en el turista antes que en el vecino, algo se rompe. No siempre de forma visible, pero se rompe.
Pedro, fotógrafo documental que lleva más de una década retratando ferias por toda la península, lo describe con una imagen que se queda: "Hay ferias donde la gente posa. Y hay ferias donde la gente vive. La diferencia se nota en los ojos."
No es que el turismo sea malo, ni que el dinero que traen los visitantes de fuera no importe. Es que cuando el diseño de una feria empieza a priorizar lo que queda bien en una foto sobre lo que tiene sentido para quien la celebra, la cosa se vacía por dentro. Queda la forma sin el fondo.
Por eso, las ferias que mejor están navegando este momento son las que han entendido que la autenticidad no se vende, se practica. Y que modernizarse no significa renunciar a nada, sino encontrar maneras nuevas de decir lo mismo de siempre.
La caseta como espacio político
Hay una dimensión de las ferias que rara vez se nombra pero que está ahí: son uno de los pocos espacios donde distintas generaciones de una misma comunidad comparten físicamente el mismo sitio. Abuelos, padres, hijos y nietos en la misma caseta, con la misma música de fondo, comiendo lo mismo.
En un momento de fragmentación brutal —de burbujas digitales, de algoritmos que nos muestran solo lo que ya pensamos, de comunidades que cada vez se parecen menos a lugares y más a grupos de WhatsApp—, ese encuentro tiene algo de subversivo.
"La feria es de los pocos sitios donde mi madre y mi hijo de dieciséis años están contentos en el mismo lugar al mismo tiempo", dice Ana, vecina de Jerez que no se ha perdido la feria de su ciudad en treinta años. "Eso no lo da ninguna aplicación."
Seguir siendo feria sin quedarse quieta
Lo que está pasando con las ferias españolas no es una crisis, aunque a veces lo parezca. Es más bien un proceso de maduración. La pregunta no es si van a sobrevivir —llevan siglos haciéndolo—, sino en qué forma van a llegar a la próxima generación.
Las que mejor lo están haciendo son las que han entendido que la tradición no es un archivo muerto sino un organismo vivo. Que puede cambiar de forma sin perder el alma. Que una sevillana bailada en 2025 tiene exactamente el mismo peso que una bailada en 1975, siempre que quien la baile sepa por qué lo hace.
Eso es lo que distingue una feria de un parque temático. Y esa diferencia, aunque a veces cueste verla, lo es todo.