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Gastronomía y Cultura

Sin promotora ni patrocinador: la generación que organiza sus propios festivales desde el móvil

Sofia Aragón
Sin promotora ni patrocinador: la generación que organiza sus propios festivales desde el móvil

Hace tres años, Marta tenía diecinueve, una cuenta de TikTok con doscientos seguidores y una idea que a muchos les pareció una locura: organizar un festival de música independiente en el patio trasero de un local de ensayo en Zaragoza. Sin presupuesto, sin contactos en la industria y sin ninguna experiencia en gestión cultural. Hoy, ese encuentro que empezó con cuarenta personas apretadas bajo una lona de plástico convoca a más de dos mil cada edición.

Lo que le pasó a Marta no es un caso aislado. En toda España, una nueva generación de organizadores culturales está demostrando que el modelo tradicional —promotoras, patrocinadores, grandes marcas— no es el único camino posible. Y que, a veces, ni siquiera es el mejor.

TikTok como tablón de anuncios del siglo XXI

El papel que antes jugaban los flyers pegados en las farolas o los anuncios en revistas locales lo ocupa ahora un vídeo de treinta segundos grabado con el móvil. Así de simple. Así de poderoso.

La clave está en que TikTok e Instagram no son solo herramientas de difusión: son espacios donde se construye comunidad antes de que el evento exista. Los colectivos que están detrás de estos festivales llevan meses —a veces años— generando contenido, conectando con su público, entendiendo qué le mueve y qué le falta. Cuando llega el momento de anunciar una fecha, no están hablando con desconocidos. Están hablando con su gente.

Esto cambia completamente la dinámica. No hay que convencer a nadie de que el evento merece la pena porque el evento ya forma parte de algo que el público siente suyo.

De los garajes a los espacios ocupados

Los escenarios de esta nueva escena son tan variados como los propios colectivos que los habitan. Un garaje reconvertido en Valencia, una nave industrial en desuso en el Poblenou barcelonés, el patio de un colegio en un barrio obrero de Bilbao, una plaza de pueblo en la Mancha que lleva décadas sin ver un concierto.

Lo que tienen en común estos espacios es que ninguno fue diseñado para esto. Y eso, paradójicamente, es parte de su encanto. Hay algo en la imperfección de estos lugares —el sonido que rebota en las paredes de ladrillo, el calor de agosto que se cuela por las ventanas abiertas, el público que mezcla edades y estilos sin que nadie lo haya planificado— que los festivales de gran formato no pueden replicar por mucho dinero que gasten en producción.

Festivales como el Garageland de Madrid, el Sona de Baix en Cataluña o el Encuentro Libre de Músicas en Asturias han nacido exactamente así: desde la necesidad de crear un espacio que no existía, con los recursos que había a mano y la energía de personas que decidieron que esperar no era una opción.

Más que música: cultura como acto político

Sería un error reducir este fenómeno a una cuestión de tendencias musicales. Lo que está pasando va mucho más allá. Para muchos de los colectivos que están detrás de estos eventos, organizar un festival es también una forma de reclamar el espacio público, de visibilizar propuestas que el mercado mainstream ignora, de crear redes de solidaridad entre artistas que comparten condiciones laborales precarias.

Muchos de estos encuentros son gratuitos o de pago voluntario. Otros funcionan con economías colaborativas donde los artistas cobran según la recaudación real y los organizadores trabajan sin remuneración —al menos al principio—. No es el modelo más sostenible a largo plazo, pero es el que permite empezar sin depender de nadie.

En ese sentido, estos festivales heredan algo de la tradición de los centros sociales y las casas de cultura que proliferaron en España durante los años ochenta y noventa: la convicción de que la cultura no puede ser solo un producto y que los espacios donde se genera importan tanto como lo que se genera en ellos.

El reto de crecer sin venderse

El éxito plantea sus propias contradicciones. Cuando un festival que nació en un garaje empieza a recibir solicitudes de patrocinio de marcas de cerveza o de plataformas de streaming, las tensiones aparecen. ¿Hasta qué punto se puede crecer sin perder la esencia? ¿Cómo se financia algo que nació precisamente de la negativa a depender del dinero de otros?

No hay una respuesta única. Algunos colectivos han optado por mantener el formato pequeño y rechazar cualquier colaboración que implique ceder control editorial o estético. Otros han encontrado fórmulas intermedias: trabajar con instituciones públicas locales que aportan infraestructura sin imponer criterios artísticos, o establecer acuerdos con marcas que comparten valores y no interfieren en la programación.

Lo que está claro es que la conversación existe y que estos jóvenes organizadores la están teniendo con una madurez que sorprende. Han crecido viendo cómo festivales que empezaron con buenas intenciones acabaron convertidos en parques temáticos del ocio masivo, y no quieren repetir ese camino.

Una nueva geografía cultural

Quizás uno de los efectos más interesantes de este movimiento sea la descentralización que está produciendo. No todo pasa en Madrid o Barcelona. Hay festivales que están poniendo en el mapa cultural a ciudades medianas y pueblos que hasta ahora no existían en ese circuito.

Eso tiene un valor enorme para la cultura española en su conjunto. Significa que hay más voces, más perspectivas, más formas de entender lo que significa hacer música o arte en este país. Y significa que la gente que vive fuera de las grandes capitales no tiene que resignarse a ser espectadora de una cultura que se hace en otro sitio.

Marta, la chica de Zaragoza con la que empezábamos esta historia, lo resume bien cuando le preguntas por qué sigue haciéndolo a pesar del agotamiento y la incertidumbre económica: «Porque cuando ves a alguien del barrio subirse al escenario por primera vez delante de su gente, entiendes que esto no tiene precio. Y que tampoco lo tiene ningún patrocinador.»

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