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Gastronomía y Cultura

Quedarse cerca para descubrir más lejos: el turismo lento que está cambiando cómo los españoles se ven a sí mismos

Sofia Aragón
Quedarse cerca para descubrir más lejos: el turismo lento que está cambiando cómo los españoles se ven a sí mismos

Javier pasó tres semanas en agosto en un pueblo de la Sierra de Gredos. No era su primera vez en la zona —había hecho rutas de senderismo allí en otras ocasiones—, pero esta vez fue diferente. En lugar de alojarse en un hotel y marcar cimas en un mapa, alquiló una casa antigua en el pueblo, fue a comprar al mercado cada mañana, se hizo habitual en el bar de la plaza y acabó ayudando al pastor del pueblo durante dos tardes porque le pareció interesante y el hombre aceptó con una naturalidad que le desarmó.

«Volví a Madrid sintiéndome más español que nunca», dice. «Y eso me sorprendió, porque yo pensaba que ya lo era.»

El cansancio del turismo de consumo

Hay un agotamiento creciente hacia cierta forma de viajar. La del itinerario apretado, los monumentos marcados en la app, la foto delante del sitio famoso y el vuelo de vuelta con la sensación de haber visto mucho y conocido poco. Ese modelo de turismo, que durante décadas fue la aspiración de las clases medias españolas como símbolo de movilidad y cosmopolitismo, está perdiendo su brillo para una parte significativa de la población.

No es que la gente haya dejado de querer conocer mundo. Es que hay una sensación cada vez más extendida de que se puede conocer mucho más de lo que uno imagina sin salir de su propia geografía. Y que, paradójicamente, esa exploración cercana puede resultar más reveladora que cualquier viaje largo.

La pandemia aceleró este proceso de forma brusca. Obligados a descubrir el entorno inmediato, muchos españoles encontraron rincones de su propia provincia que desconocían por completo. Esa experiencia dejó poso.

Semanas, no días

Lo que distingue al turismo de proximidad profundo del simple escapada de fin de semana es el tiempo. No se trata de pasar dos días en un pueblo con encanto y volver a casa. Se trata de quedarse el tiempo suficiente para que el lugar deje de ser un decorado y empiece a ser un sitio real.

Cuando llevas una semana en algún lugar, empiezan a pasar cosas que no pasan en dos días. El panadero ya sabe cómo te gusta el pan. Conoces el nombre del perro que siempre está tumbado a la puerta del ayuntamiento. Escuchas conversaciones en el bar que no van dirigidas a ti pero que te cuentan más sobre ese lugar que cualquier guía turística. Te enteras de que el miércoles hay mercado en el pueblo de al lado y decides ir a pie.

Esa acumulación de pequeñas experiencias cotidianas es lo que transforma un viaje en algo distinto. Y es exactamente lo que buscan quienes están eligiendo este modelo.

La geografía como identidad

Hay una dimensión más profunda en este fenómeno que merece atención. Muchos de los españoles que están adoptando este tipo de turismo hablan de él en términos de identidad. De querer entender de dónde vienen, qué forma tiene el territorio al que pertenecen, qué historias guarda la tierra que pisan.

España es un país de geografías radicalmente distintas. La meseta castellana, el litoral cantábrico, las vegas andaluzas, los valles pirenaicos, la huerta levantina, los paisajes volcánicos canarios. Son mundos diferentes dentro del mismo país, con sus propias formas de hablar, de comer, de celebrar y de entender el tiempo.

Un español que ha viajado a veinte países pero no conoce la Siberia española —ese territorio despoblado de la España interior que tiene una belleza austera y melancólica que no se parece a nada— tiene una relación incompleta con su propio país. Y hay gente que está empezando a sentirlo así.

Las personas como destino

El turismo de proximidad profundo tiene una característica que lo diferencia de otras formas de viajar: el interés genuino por las personas que viven en los lugares que se visitan. No como parte del paisaje ni como proveedores de experiencias auténticas para el consumo del turista, sino como protagonistas de unas vidas que tienen su propia lógica y su propio valor.

Eso requiere una disposición que no todo el mundo tiene: la de ceder el control del itinerario, la de aceptar que la conversación con el anciano de la plaza puede ser más interesante que el monumento que tenías pensado visitar, la de estar dispuesto a aburrirte un poco para que pasen cosas inesperadas.

Algunas iniciativas están facilitando este tipo de encuentros. Proyectos como los que conectan a visitantes con artesanos, agricultores o guardas forestales para compartir jornadas de trabajo. Rutas organizadas por los propios habitantes de los pueblos que muestran lo que conocen de verdad, no lo que creen que el turista quiere ver. Alojamientos en casas particulares donde la convivencia es parte de la propuesta.

El efecto sobre el territorio

Más allá del impacto personal en quienes viajan así, este modelo tiene consecuencias sobre el territorio que también merecen celebrarse. El turismo de proximidad profundo tiende a distribuirse mejor que el turismo masivo: no se concentra en los mismos puntos sobreexplotados sino que se dispersa por lugares que necesitan esa actividad económica.

Un visitante que pasa tres semanas en un pueblo pequeño gasta su dinero en la carnicería local, en el bar de siempre, en el taller de la artesana del pueblo. Eso tiene un efecto multiplicador en comunidades que llevan décadas perdiendo población y viendo cómo sus negocios cierran uno tras otro.

No es la solución a la despoblación rural —eso es un problema estructural que requiere políticas mucho más ambiciosas—, pero es una forma de contribuir a que esos lugares sigan siendo habitables y habitados.

Volver diferente

Javier, el hombre de la Sierra de Gredos con el que empezábamos, dice que desde ese verano mira su ciudad de otra manera. Que entiende mejor de dónde viene parte de lo que come, de cómo se organizaba la vida antes de que todo se concentrara en las ciudades, de qué se pierde cuando un pueblo se vacía.

«Es raro», reflexiona, «pero creo que entiendo España mejor después de haberme quedado quieto en un sitio pequeño que después de haber corrido por media Europa.»

Quizás eso sea exactamente lo que este tipo de viaje ofrece: la posibilidad de conocerse un poco mejor a través del territorio que uno habita. Y eso, en un país tan diverso y tan complejo como España, no es poca cosa.

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